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“Quien dice que la ausencia causa olvido merece
ser olvidado”. Estas palabras abren el Libro de la
Memoria, elaborado por el Centro Español de Moscú y del
que se han editado sólo siete ejemplares, destinados a
diversos archivos. Se trata de un homenaje a los 205 españoles
(muchos de ellos “niños de la guerra”) que cayeron en combate
contra los alemanes durante la II Guerra Mundial, así como a
los 211 niños que murieron de hambre y enfermedad en
esa misma época y hasta 1950.
Alberto Fernández, presidente del centro, ubicado en la
antigua sede del PCE, le entregó el pasado mayo un ejemplar a
José María Aznar, con ocasión de la visita del presidente del
Gobierno. Y aprovechó para pedirle una mejora de las
pensiones, el pago de la atención médica y más vacaciones
gratis a España. Ahora viajan cada tres o cuatro años, pero
muchos niños ven ese lapso de tiempo como la frontera
entre la vida y la muerte. La mayoría son septuagenarios,
abuelos e incluso bisabuelos. Pero todos, tras 64 años en la
antigua Unión Soviética, siguen llevando a España en las
entrañas.
Todos eran niños de verdad en 1937, cuando, atrapados
por la guerra civil, con edades comprendidas entre 2 y 15
años, fueron enviados por sus padres a la URSS para huir de
las bombas o del hambre. Eran 2.996, la mayoría vascos y
asturianos, el 10% de los 30.000 niños evacuados al
extranjero. Casi todos regresaron al concluir la contienda.
Los rusos no. Rehenes de Stalin y del PCE, temerosos de la
represión franquista o la pobreza de la posguerra, empeñados
en construirse una nueva vida, con sus señas de identidad
amenazadas, siguieron en la URSS. Alguno incluso probó las
hieles del “archipiélago Gulag” de campos de concentración. Y
todos sufrieron el horror de otra guerra, contra Alemania, más
terrible aún que aquella de la que huyeron.
Su destino fue el del pueblo soviético, con algunas
singularidades: disfrutaron de ciertos privilegios, como
escaparate que eran del “humanitarismo comunista” (el 25%
cursó estudios superiores); tuvieron el alma partida entre la
añoranza y el desarraigo; conservaron un estrecho y a veces
endogámico contacto, aunque se casaran con rusos de pura cepa,
y siempre soñaron con volver.
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De una u otra forma, la mayoría lo logró. Hoy, sólo
unos 400 quedan en Rusia y la antigua URSS, 300 de ellos en
Moscú. Unas decenas viven en Cuba.
El retorno, sobre todo a finales de los cincuenta, fue
duro. El tiempo trocó a veces en indiferencia el cariño entre
padres e hijos, entre hermanos y hermanos. La adaptación
emotiva y profesional fue difícil. No se ataban entonces en
España los perros con longanizas. Era difícil encontrar
trabajo adaptado a su formación y experiencia. El ambiente, en
pleno franquismo, resultaba opresivo, y hacía añorar en
ocasiones la “gran patria socialista” dejada atrás. La policía
política buscaba espías y comunistas, vigilaba constantemente
e intentaba arrancar supuestos secretos militares soviéticos.
Hubo quienes emprendieron de nuevo el camino del
exilio, hacia la misma URSS que les había acogido de niños.
El director de cine Jaime Camino tiene tres primos
“niños de la guerra”. Uno fue chófer del general que
probablemente firmó la sentencia de muerte de su padre,
fusilado en 1939. El reencuentro con ellos le animó a realizar
un largometraje documental, que se estrenará en otoño y con el
que persigue atrapar la memoria antes de que muera. Lo mismo
hizo para La Vieja Memoria. En 1997 entrevistó a 21
protagonistas de la guerra civil. Hace cuatro años quiso
invitarles a la reposición. Sólo vivía uno: José Luis de
Villalonga.
Si hay alguien que se parte el pecho por los
niños es Dolores Cabra, secretaria general de la
Asociación Archivo Guerra y Exilio. Lo mismo promociona la
creación del Archivo General de la Guerra Civil, que lucha por
mejorar las condiciones de vida de los niños, que ayuda
a proyectos como el de Jaime Camino, que lucha por que se haga
realidad un monumento en Moscú a los caídos españoles en la
“gran guerra patria” (como se conoce a la II Guerra Mundial) o
que organiza giras por España para dar a conocer la peripecia
humana de este singular colectivo.
Cada niño es una historia viva. El relato en
primera persona de algunas de sus experiencias pretende tan
sólo ayudar a comprender su gloria y su tragedia.
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