La educación:
El numeroso grupo de hijos de emigrados que salieron de España
en su infancia o adolescencia forman la segunda generación
de la emigración republicana. Parecería, pues, lo
más normal que hubieran encontrado menos dificultades que
las otras en su adaptación al nuevo medio. Sin embargo,
también las han tenido.
Los exiliados trataron no sólo de sobrevivir, sino también
de mantener viva la legalidad constitucional y otra idea de España,
más culta, tolerante, social y europea. A través
de sus organizaciones o individualmente, durante la primera década
del exilio, los exiliados en los países hispanoamericanos
se preocuparon por resolver las dificultades de todo tipo de quienes
permanecieron en Francia y África del Norte y de aquéllos
que en el interior de España sufrían la represión
y el hambre de la posguerra.
El Ministerio de Instrucción Pública de la República
ayudó también a los hijos de los exiliados a completar
su instrucción docente.
En Francia, los niños españoles asistían
a las escuelas públicas y la ayuda se orientó a
la creación de becas para facilitar el acceso a los estudios
superiores y a gestionar el ingreso en escuelas normales francesas.
En México la IIª República en el Exilio sostuvo
las "Casas Hogar", para los niños de Morelia
y el "Colegio Madrid", otorgó becas para el Instituto
Luis Vives y la Academia Hispano Mexicana, creadas por exiliados
con el auxilio del SERE y de la JARE, e incorporó a sus
enseñanzas, que seguían los programas oficiales
mexicanos, las asignaturas de Historia y Geografía de España.
El Patronato Cervantes también estableció colegios
en distintos estados de la república mexicana, con directores
y maestros españoles.
No tomaron parte en la guerra, no habían despertado a
la vida política, no tuvieron de su país de origen
durante mucho tiempo más que un recuerdo infantil, hasta
que algunos pudieron volver a él en edad adulta como viajeros
de paso. La imagen que fueron forjándose de España
en el destierro se parece no poco a la de ciertos románticos
del siglo pasado".
En 1957 se calculaba que por los tres colegios fundados y dirigidos
por españoles desde el principio de la emigración
en México, habían pasado unos veinte mil alumnos
españoles y alrededor de diez mil mexicanos.
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